Esta tienda es nada menos que del año 1852. Mantiene su fachada original de ese año y es muy distinta a todas las fachadas de la época. De madera pintada en verde agua y con la parte alta del escaparate de cristales emplomados de colores verdes y azules. ¡PRECIOSA!. El interior de la tienda es igualmente maravilloso. Las estanterías de madera pintadas en esos mismos tonos, mobiliario antiguo a modo de expositores y lámparas de cristal de la época que son joyas. Al fondo del local se encuentra la trastienda perfectamente colocada, donde se encuentran los montones de lazos de colores, cajas de colores de cartón, etc para hacer el cuidadísimo empaquetado en el que te entregan todo lo que compras; en este almacén encuentras también un mueble a modo de archivador con pequeños cajoncitos de madera digno de verse. Esto en cuanto al continente de la tienda, pero el contenido no es menos apetecible. Venden todo tipo de bombones (de hecho es lo que es: una bombonería) rellenos de licor, normales, trufas de diversos sabores, lenguas de gato, etc, etc. Pero también venden unos caramelos que no había vuelto a ver desde mi infancia. Os cuento mi historia con estos caramelos: Mi abuelo tenía un coche americano con un cajón inmenso delante entre los asientos y siempre que íbamos a su casa, sacaba de ese cajón unos caramelos envueltos en papel perfectamente doblados con unos sabores riquísimos y nos los daba a los nietos. Pues cual fue mi sorpresa cuando he visto que SON DE AQUí, aquellos caramelos que me han trasladado a mis 8-10 años ¡¡¡¡son de la pajarita!!!!. Y los he comprado y siguen siendo excatamente los mismos, riquísimos y con sabores de plátano, vainilla, etc. exquisitos. En todos estos años viviendo en Madrid nunca había venido a esta tienda y creedme que merece la pena que os paseis, porque es ya casi patrimonio de la UNESCO. Villanueva, 14

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10/10

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