Precioso palacete de 1915 con estilo que comparte rasgos de la corriente indiana brasileña (adonde se fue y regresó el propietario y constructor) con toques art nouveau y modernistas. El palacete llama la atención cuando pasas por la carretera cruzando este pueblito. ¡Es absolutamente precioso!. Los propietarios actuales son una pareja española y la compra del palacete tiene su historia. Yo os cuento esta parte final de la historia pero el resto os aconsejo lo leais en su web. Los abuelos de los actuales dueños vivían en una casa a las espaldas de Villa Idalina y veían desde sus ventanas la casa con el sueño de poder vivir aquí algún día. Pero les parecía un sueño inalcanzable porque no sabían si llegaría a venderse y, lo que es peor, en qué precio se vendería. Y de pronto un día, ven un cartel de «SE VENDE» y así fue como cumplieron su sueño porque además tuvieron la gran suerte de que el dueño portugués tenía urgencia en deshacerse del palacete -por historias tristes que habían acontecido- y les puso un precio asumible. Lo más increíble de todo es que esta belleza de construcción tenía agua caliente, calefacción con esos preciosos radiadores de hierro, y luz eléctrica, lujos que en aquella época eran impensables. Adolfo y Lolita (abuelos de Andrés) no tuvieron que hacer prácticamente ninguna reforma y todo lo que ves es original de la época, incluyendo las vajillas en las que comes, las cristalerías con las que brindas, etc. La casa la encontraron tal cual. Hoy en día es hotel con 9 suites; de hecho aquí es donde quisimos reservar para los días con @alibeoli, pero fue imposible porque las camas son de 1,40m y a mí me cuesta dormir en ese espacio tan pequeño con mi😇. Así que lo que sí disfrutamos fue del brunch que ofrecen. En uno de sus salones maravillosos con esos techos originales de estuco, esas lámparas y ese mobiliario, presentan -en una mesa central- toda la oferta dulce y salada para el brunch. Os cuento sobre el brunch (35€/px): para mi gusto tiene algunos faltantes en el tema bollería, y parece un poco como que han rellenado con demasiadas tartas y demasiadas cosas parecidas en el salado, mucha masa y mucha ensalada. También se pueden pedir huevos de la carta pero no ofrecen huevos benedictine que para mí son seña de identidad del brunch por excelencia, tampoco hay tortitas ni crepes ni goffres, cosas que recién hechas quedan muy bien en un brunch. Cierto que la  presentación de todo, sobre esa mesa, está cuidadísima, con platos, tarteras, cuenquitos ¡antiguos y preciosos!. Nosotros (eramos 6) disfrutamos del brunch en la terraza y estábamos más cómodos porque el comedor resulta ligeramente estrecho, mesas muy juntas, y te tienes que mover con mucho cuidado para no tirar nada a cada paso. Las vistas desde la terraza son espectaculares, al rio Miño. El primer dueño compró también la finca de enfrente para que nunca nadie le pudiera quitar sus magníficas vistas.

Susana,  mujer de Andrés -actuales gerentes y propietarios de la villa- se ocupa de hacer una visita guiada donde tienes la oportunidad de visitar todo el espacio excepto la planta alta donde se ubican las habitaciones y es área privada. Te paseas por ese cuarto de baño genial, con el bidé de la época, las griferías originales tan especiales, los azulejos, ¡todo es precioso!. El cuarto de caballerizas donde guardan todos los aparejos originales de las cuadras (en un mueble que me encantó) que existían en la finca, la sala de juegos con el billar; es un lugar precioso y muy original. El cariño con el que Susana cuenta la historia… El brunch que bien podría formar parte de una serie de Netflix de principios del XIX sin tener que tocar nada…

La villa está rodeada de unos jardines muy extensos con gran superficie, donde se encuentra la piscina, al fondo de la finca, aislada del edificio principal, en un rinconcito de relax, silencio y súper agradable con sus sombrillas y tumbonas. Largo de São Bento (Caminha, PORTUGAL).

Valoración

Comida 8 /10

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